Cuando el dolor vuelve
Sobre las revisiones de prótesis, el fracaso quirúrgico y la honestidad que se necesita para hablar de lo que no salió como esperábamos
Hay una consulta que ningún cirujano espera con tranquilidad.
Es la del paciente que regresa. No para el control de rutina, no para mostrar cómo camina, no para agradecer. Sino porque algo no está bien. Porque el dolor que debería haber desaparecido no desapareció. Porque el dolor que había desaparecido volvió.
Esa consulta existe. Ocurre. Y la manera en que médico y paciente la atraviesan juntos dice mucho sobre qué tipo de medicina estamos practicando.
El paciente que regresa
Volver a consulta con dolor después de una cirugía que se suponía iba a resolverlo no es solo una experiencia física. Es una experiencia que desorganiza algo más profundo.
Existe una confianza implícita en el acto quirúrgico. Una entrega. El paciente pone su cuerpo, su miedo y su esperanza en manos de alguien que estudió durante años para saber lo que hace. Y cuando el resultado no es el esperado, esa confianza no simplemente se decepciona — se interroga. Se pregunta si estuvo mal depositada. Si algo se hizo mal. Si debió haber esperado más, consultado antes, elegido distinto.
Lo que el paciente rara vez sabe — porque nadie se lo dice con claridad — es que el fracaso en cirugía articular no siempre tiene un culpable. A veces lo tiene. Pero muchas veces es el resultado de una biología impredecible, de una interacción entre implante y tejido que ningún estudio preoperatorio puede anticipar completamente, de factores que solo se revelan con el tiempo.
Eso no lo hace menos doloroso. Pero cambia la conversación que hay que tener.
El médico que escucha
Del otro lado de esa consulta hay alguien que también carga algo.
El cirujano que opera no es indiferente a sus resultados. Cada caso que no evoluciona como debería ocupa un lugar específico en la memoria clínica — no como estadística, sino como persona. Como la señora de tal edad, con tal diagnóstico, a quien se le hizo tal procedimiento y que hoy regresa con dolor que no debería tener.
La medicina entrena a sus practicantes en el análisis técnico del fracaso. Revisar la imagen, identificar el mecanismo, determinar si hay aflojamiento, infección, mal posicionamiento, desgaste precoz. Ese análisis es necesario e importante. Pero hay algo para lo que la medicina entrena menos: la conversación humana que debe acompañarlo.
Decirle a un paciente que la cirugía que se realizó para mejorar su calidad de vida requiere ser revisada, que el proceso debe comenzar de nuevo en parte, que el camino va a ser más largo de lo que ambos esperaban — eso exige una honestidad que no está en ningún protocolo. Y una presencia que tampoco.
Las razones que nadie eligió
Las revisiones de prótesis ocurren por razones diversas, y vale la pena nombrarlas sin eufemismos ni dramatismo.
El aflojamiento aséptico — la pérdida progresiva de la fijación entre el implante y el hueso, sin presencia de infección — es una de las causas más frecuentes a largo plazo. Puede ocurrir por factores relacionados con el implante, con la técnica, con la biología del hueso, con el nivel de actividad del paciente, o con una combinación de todos ellos que es difícil de desarticular con certeza.
La infección periprotésica es quizás la complicación más temida. Puede presentarse de manera aguda, en las primeras semanas, o de manera tardía, años después de una cirugía que parecía perfectamente exitosa. Su tratamiento es complejo, prolongado y emocionalmente agotador tanto para el paciente como para el equipo médico.
La inestabilidad, el desgaste del par de fricción, la fractura periprotésica — cada una con sus propios mecanismos, sus propias implicaciones, sus propias conversaciones necesarias.
Lo que tienen en común es que ninguna de ellas fue elegida. Ni por el paciente ni por el cirujano. Son parte del espectro de posibilidades que la biología y la mecánica imponen sobre incluso las mejores intervenciones.
Lo que la honestidad requiere
Existe una tentación, comprensible y humana, de minimizar en esa consulta. De decir que es algo menor, que se resolverá pronto, que no hay de qué preocuparse. A veces esa minimización es genuina — a veces efectivamente es algo menor. Pero otras veces es una manera de protegerse, de diferir una conversación difícil, de evitar el peso de decir lo que hay que decir.
El paciente, en cambio, casi siempre sabe que algo no está bien antes de que el médico lo confirme. Lleva semanas o meses conviviendo con una sensación que no cuadra, comparando lo que siente con lo que esperaba sentir, preguntándose si está exagerando, si es normal, si debería consultar.
Cuando finalmente está sentado frente al médico y escucha una confirmación de que sus sospechas eran correctas, lo que más necesita no es solo un plan técnico. Es saber que la persona al otro lado de la mesa lo está mirando a él — no a su radiografía — y le está diciendo la verdad.
La honestidad en medicina no es un valor abstracto. Es un acto concreto que ocurre en consultas específicas, con personas específicas, en momentos que se recuerdan durante mucho tiempo.
El camino que viene después
Una revisión quirúrgica es, en casi todos los sentidos, más compleja que la cirugía original. El tejido ya fue intervenido. La anatomía fue modificada. Las referencias que el cirujano usó la primera vez ya no están intactas de la misma manera. Los tiempos de recuperación suelen ser más largos. Las expectativas deben recalibrarse con cuidado.
Y sin embargo, los resultados de las cirugías de revisión bien indicadas y bien ejecutadas pueden ser muy buenos. No siempre iguales a los de una primera cirugía exitosa, pero suficientes para devolver a una persona una calidad de vida que el dolor había vuelto a quitarle.
Eso es lo que también hay que decir en esa consulta. No solo lo que salió mal y lo que hay que hacer. Sino que hay un camino, que ese camino tiene sentido, y que vale la pena recorrerlo.
Un diálogo que no termina en el quirófano
La relación entre un cirujano y su paciente no debería terminar con el alta postoperatoria. Debería ser, en el mejor sentido de la palabra, una relación de largo plazo — con seguimientos reales, con conversaciones honestas sobre cómo está evolucionando, con la posibilidad real de que el paciente regrese sin temor a ser una carga o una mala noticia.
Cuando esa relación existe, la consulta del dolor que vuelve es difícil pero no es una ruptura. Es una continuación de algo que siempre fue honesto. Y desde ahí, desde esa base de confianza construida con el tiempo, es desde donde se puede empezar a resolver.
El dolor que vuelve no es el final de la historia. Es un capítulo nuevo que médico y paciente tienen que escribir juntos — con más información, con más experiencia, y si las cosas se hicieron bien desde el principio, con suficiente confianza para hacerlo.
Dr. Leopoldo Maizo es cirujano especialista en artroplastia de cadera y rodilla, autor de “La Cadera Artificial” y director de Grupo Maizo en Caracas, Venezuela.




